Al hablarse de negación, se hace referencia a la acción de rechazar, ingnorar o desconocer una situación demasiado intensa o cierta información, pensamientos o emociones que son difíciles de aceptar, es decir, es una forma de protección de una emoción desagradable. Se manifiesta de diferentes formas, desde negar la existencia de un problema, hasta minimizar su importancia o distorsionar la realidad para que se ajuste a nuestras creencias o deseos.

La negación es un mecanismo de defensa psicológico que probablemente todos  hemos llegado a experimentar en algún momento de nuestras vidas. Se activa ante situaciones dolorosas, amenazantes o incómodas y con este mecanismo de defensa, nuestra mente se protege emocionalmente. La negación brinda un alivio temporal, pero limita el crecimiento personal y la capacidad para enfrentar los desafíos de la vida de manera eficazmente.

Un claro ejemplo de negación se da en los casos en los que se recibe un diagnostico medico grave (como el cáncer), donde se puede negar la gravedad de su condición o negar de plano tener la enfermedad y llegar a rechazar el tratamiento o un cambio de estilo de vida necesario.

Otro ejemplo de negación se da ante la muerte de un ser querido, ya que cuando se recibe la noticia de la muerte, la negación suele ser la primera etapa del duelo, donde la persona niega que haya ocurrido la pérdida por el inmenso dolor que implica dicha pérdida.

También se puede hablar de negación en las conductas peligrosas como el consumo de sustancias. Gran parte de las personas que sufren de alcoholismo o drogadicción, negarán padecer una enfermedad y muchas veces afirmarán que “lo controlan”.

En las relaciones de pareja, se generan varias formas de negación, por ejemplo, cuando nos encontramos en la etapa de “enamoramiento” hay una tendencia a idealizar al otro y no se ven aquellas conductas que pueden ser hirientes para uno mismo (como cuando se niega que la pareja es hostil).

La negación tiene dos formas de presentarse: a veces es una respuesta automática e inconsciente ante una situación traumática y otras veces puede ser una estrategia consciente para evitar lidiar con emociones difíciles. Independientemente de su origen, la negación proporciona un escape momentáneo de una incómoda realidad.

Permite mantenernos en una zona de confort emocional y evitar el dolor o la ansiedad asociados con la situación que se está evitando.

Pero, a pesar de todos los aparentes beneficios que proporciona la negación a corto plazo, ésta puede traer consecuencias negativas a largo plazo. Como se dijo anteriormente, la negación de la realidad puede impedir el crecimiento personal y el desarrollo de habilidades de afrontamiento adecuadas. La negación nos mantiene estancados en patrones de pensamiento y comportamiento poco saludables y dificulta el enfrentamiento de desafíos y la búsqueda de soluciones constructivas. También puede afectar las relaciones interpersonales (cuando negamos nuestros propios problemas o los problemas de otros, podemos generar tensiones y conflictos). Negarse a reconocer el dolor o sufrimiento de los demás puede derivar en una falta de empatía y comprensión, lo que dificulta la construcción de conexiones genuinas.

Para superar la negación, primero hay que reconocer su presencia en nuestras vidas. También es importante buscar apoyo profesional para explorar los motivos subyacentes de esa negación y para aprender estrategias de afrontamiento más adaptativas. Practicar la autoobservación y la reflexión puede ser util para identificar los patrones de negación en nuestra vida y explorar alternativas más saludables.

Se dice que la negación es un mecanismo de defensa, porque hace parte de aquellos procesos mentales inconscientes encargados de minimizar las consecuencias perturbadoras (según el psicoanálisis) y falsifican o distorsionan experiencias para que sean más aceptables y permitan conservar nuestra autoimagen, así como afrontar la realidad de alguna manera.

Los mecanismos de defensa son necesarios y se desarrollan desde niños, cuando no contamos con los recursos necesarios para lidiar con el dolor y su función consiste en proteger el equilibrio emocional, permitir el desarrollo de la personalidad, facilitar la socialización y el contacto con la realidad. Son patológicas, cuando su uso persistente conduce a un comportamiento inadaptado que afecta negativamente nuestra salud física y la visión de la realidad.


Ana Ospina

Psicologa clínica y forense

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